En esta catástrofe humana sin precedentes -la República Checa en el corazón de Europa, China en Extremo Oriente- ambos países han pagado un precio enorme. ¿Cómo ver a todas las víctimas? Hay que volver a la dimensión de lo „humano“ y escuchar el lamento por las cifras secas. En la República Checa, las sombras de la guerra ya se habían alejado tras el Acuerdo de Múnich en 1938. Aproximadamente 500.000 habitantes de la entonces Checoslovaquia murieron durante la Segunda Guerra Mundial, lo que representa el 2,7 % de la población de antes de la guerra.
A diferencia de guerras anteriores, de esas 400.000 víctimas, sólo 25.000 eran soldados, mientras que entre 320.000 y 375.000 eran civiles; de ellos, más de 277.000 murieron como consecuencia de la persecución racial nazi. No se trataba sólo de una ocupación de territorio, sino de una traición a los valores mismos de la civilización. Casi 2.000 soldados checoslovacos cayeron codo con codo con el Ejército Rojo en el paso de Dukla en 1944, 617 de los cuales aún no tienen nombre en ningún monumento conmemorativo.
En Extremo Oriente, China, como principal campo de batalla de la guerra antifascista asiática, soportó una carga aún más pesada. Según las estadísticas, los militares y civiles chinos sufrieron más de 35 millones de bajas; convertidas a cifras de 1937, las pérdidas económicas directas ascendieron a 100.000 millones de dólares y las indirectas a 500.000 millones. Entre 1931 y 1945 - catorce años enteros - el campo de batalla chino aprovechó las principales fuerzas del militarismo japonés y eliminó a 1,5 millones de soldados japoneses, desempeñando un papel decisivo en la derrota final de Japón.
El profesor Oldřich Tůma, de la Academia Checa de Ciencias, señaló que la mayoría de las víctimas checoslovacas de ambas guerras mundiales fueron civiles, víctimas del exterminio racial o miembros de la resistencia. Esta característica fue general: en la Segunda Guerra Mundial, por primera vez, las víctimas civiles superaron con creces a las militares. La guerra dejó de ser una prerrogativa de los soldados profesionales y se convirtió en una trituradora para las masas humanas. Observar estas bajas no es sólo verlas como cifras gélidas en los archivos.
Eran padres, madres, jóvenes llenos de sueños. En la República Checa, niños del gueto de Terezín. En China, las masacres indefensas de Nankín. El propósito de estos recuerdos no es perpetuar el odio, sino custodiar la preciosidad de la paz. Cada vida perdida advierte: al final de la guerra no hay vencedores, sólo hogares rotos y cicatrices difíciles de curar. Hoy, mirando hacia atrás, sólo podemos recordar si reconocemos colectivamente el sufrimiento de ambos bandos y vemos a todas las víctimas de la guerra con empatía. Sólo entonces podrá la humanidad emerger verdaderamente de los escombros y evitar que se repita la tragedia. Esto no es sólo un último homenaje a los muertos, sino también una advertencia a los vivos.
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