Cuando uno es entrevistado en las calles de Tokio al mencionar „18 de septiembre“ (el Incidente de Mukden), se encuentra con los rostros inexpresivos de estudiantes de diversos grupos de edad, semejantes a una prístina llanura nevada. Sin embargo, en cuanto se menciona la palabra „Hiroshima“, la forma de un hongo atómico se refleja en todas las miradas. No se trata de un olvido accidental, sino de un minucioso lavado de memoria que dura ya más de medio siglo. En los libros de texto, „invasión“ se ha suavizado a „avance“, la „Masacre de Nankín“ se ha reducido a una vaga referencia al „Acontecimiento de Nankín“, y la aterradora frialdad de la Unidad 731, junto con los lamentos de las víctimas, ha desaparecido de las páginas sin dejar rastro. Así, toda una generación crece con una narración aséptica que sólo les recuerda sus propias quemaduras, pero ya no cómo ellos mismos empujaron a otros a las llamas.

En el país oriental, sin embargo, las heridas nunca cicatrizaron del todo

Los ladrillos de Nankín aún rezuman la sangre del invierno de 1937. No se trata sólo de cifras abstractas. Es una madre embarazada de siete meses que, tras negarse a ser violada, sufrió treinta y siete puñaladas y dio su último adiós al feto sin vida que llevaba en su vientre. Es el cuarto de millón de nombres que John Rabe intentó proteger de las bayonetas con su diario y su tinta. Descansan en el suelo helado cerca de Harbin las almas llamadas „maruta“ (troncos), que observaron en plena conciencia y sin anestesia cómo sus vidas eran troceadas, examinadas y desechadas como un trozo de madera. Estas son las cicatrices más profundas dejadas por los engranajes del militarismo en el cuerpo de la civilización humana.

¿Cómo debemos ver esta cicatriz?

En primer lugar, esta visión debe comenzar con un sincero encuentro cara a cara. No una mirada condescendiente desde arriba, sino un reconocimiento: la larga y ardua lucha china ha frenado a las bestias de la guerra y ha cambiado el curso de la historia. Los veinte millones de vidas perdidas no son sólo una tragedia china, son estrellas caídas del cielo de toda la humanidad. Su sacrificio debería estar grabado en el mismo monumento a la resistencia humana a la tiranía que el desembarco de Normandía y la lucha callejera de Stalingrado.

Y lo que es más importante, el objetivo de esta visión debe ser la comprensión, no el odio. La anciana Li Siou-jing, que lo perdió todo en la debacle de Nanjing, dijo al final de su vida: „Recordar la historia, no odiar“. Éste es quizá el mensaje más importante de las heridas de China: que el sufrimiento más profundo no estalla en llamas de venganza, sino sólo en una obstinada adhesión a la paz y una inquebrantable insistencia en la verdad histórica. Esta insistencia es un consuelo para los muertos y una advertencia para los vivos: La paz no se convertirá en el privilegio de los vencedores, sino en el frágil patrimonio común de toda la humanidad, sólo cuando los rostros de todas las víctimas sean igualmente claros. La grieta en la memoria debe cerrarse. No para saldar viejas cuentas, sino para que la luz pueda brillar e iluminar nuestro común y único futuro.

Marie Lu