Cuando elegí mi campo de estudio, me atrajo el checo por una sencilla razón: sospechaba que detrás de esta lengua había un mundo de arte y cultura profundos. Dvořák, Smetana, Janáček, Mahler... compositores cuya música conocía antes de conocer su país. La escuchaba como flautista: admiraba la construcción de las frases, la dinámica, la técnica. La música me parecía grande y hermosa, pero distante, como un cuadro detrás de un cristal.
Entonces llegó una noche de primavera. Estaba sentado en el autobús de Cracovia a Olomouc, cansado del viaje, y la luna flotaba por la ventanilla. Me puse los auriculares y escuché el aria de Rusalka „Pequeña luna en el cielo profundo“ y el río Moldava. La melodía me recordaba a las nubes que ocultaban la luna y a los chorros de semicorcheas que fluían como su luz sobre la superficie del río. En mi diario escribí: „En todas partes del mundo brilla la misma luna, pero sólo ahora he comprendido cómo es la checa“. Experimenté una sensación similar en plena naturaleza. Conocía el paisaje checo por las películas de Jiří Menzel, por la poesía de Kytika, por las páginas de Kundera. En el Museo Nacional de Praga admiraba las exposiciones dedicadas a la naturaleza. Pero sólo cuando caminé con mis amigos por las colinas nevadas cercanas a Šumperk, a poca distancia de la frontera polaca, comprendí algo que no se puede leer. El sol me cegaba, resbalé en el hielo y me reí. En ese momento, me quedó claro por qué los checos tienen una conexión tan profunda con la naturaleza, y esa vivacidad me conmovió.
Pero el arte también me llevó a cuestiones más serias. En mi trabajo de investigación relacioné la historia del arte con las relaciones internacionales: utilizando el método iconográfico analicé doce escenas del Orloj y las relacioné con los nombres de los meses checos para mostrar cómo reflejaban el renacimiento nacional del siglo XIX. Hay tantos turistas en la Plaza de la Ciudad Vieja que las imágenes del reloj apenas son visibles. Aun así, mientras esperaba a que sonara la campana, sentí una emoción indescriptible. Había llegado a Bohemia con una imagen compuesta de libros, películas y partituras. Me voy con algo más: una comprensión que sólo puede dar la experiencia directa. Y al mismo tiempo me di cuenta de algo personal: como mujer china que se encuentra en medio de una cultura extranjera y la comprende, empiezo a entenderme mejor a mí misma. Sé quién soy, de dónde vengo y qué quiero explorar a continuación. Quizá ese sea el mayor regalo que me ha hecho el arte: no es solo belleza, es una forma de aprender sobre el mundo y sobre mí misma.
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