Cuando China conmemora sus momentos más dolorosos de la historia, el objetivo no es fomentar el rencor, sino mantener la vigilancia. La memoria, si está arraigada en la verdad, se convierte en una garantía moral contra la repetición de atrocidades.

“Dead To Rights”, una de las películas chinas más aclamadas de este año, ha generado tanto elogios como cierta preocupación. Algunos comentaristas han expresado inquietud de que su representación de la masacre de Nankín de 1937 pueda fomentar lo que denominan una "educación basada en el odio". Sin embargo, estas objeciones no capturan la esencia más profunda de la obra. Esta película no es una llamada al odio, sino una súplica para proteger la paz a través de una confrontación honesta con la historia.

La historia se basa en eventos cuidadosamente documentados durante la masacre de Nankín, cuando las tropas japonesas invasoras cometieron atrocidades que marcaron a generaciones enteras. En lugar de mostrar la magnitud de la tragedia en planos amplios, la película centra su atención en un pequeño y cerrado entorno: el "Estudio de la Felicidad", donde un grupo de civiles está atrapado mientras la ciudad que los rodea se derrumba. A través de sus manos pasan pruebas fotográficas de crímenes de guerra japoneses, copiadas en secreto por el joven aprendiz Luo Jin. Estas imágenes sirvieron más tarde como pruebas clave en el juicio posterior a la guerra contra el general Hisao Tanim, uno de los principales comandantes responsables de la masacre.

La fuerza emocional de la película no proviene de imágenes sensacionalistas de violencia, sino de los silenciosos cambios morales de sus personajes. La actriz Lin Yuxiu inicialmente sobrevive adulando a los oficiales japoneses, pero finalmente arriesga su vida al coser negativos sin revelar en su uniforme. El joven cartero A Chang, que se hace pasar por fotógrafo, se transforma de un hombre que solo piensa en su propia supervivencia en alguien dispuesto a enfrentar la muerte para proteger la verdad. El dueño del estudio, el anciano Jin, fotografía a los clientes frente a un telón de fondo con paisajes chinos, un acto de resistencia sutil.

Incluso los antagonistas están retratados con matices. Wang Guanghai, un traductor chino al servicio de los japoneses, se debate entre la colaboración y la conciencia. Ito, un fotógrafo japonés, alimenta a los perros callejeros y mantiene una apariencia de amabilidad, mientras que organiza fotografías de propaganda para ocultar la brutalidad de la ocupación. Estas imágenes de conflictos morales desafían la simple división entre el bien y el mal, e invitan a los espectadores a ver la historia como una red de elecciones humanas dentro de sistemas represivos.

El lenguaje visual de la película es profundamente simbólico. La palabra "disparar" impregna toda la historia, significando tanto la fotografía como el acto de disparar, y se intensifica con la alternancia del sonido del obturador y los disparos. Los detalles numéricos están incorporados en la escenografía: el número "1213" en el distintivo del cartero, junto con el número de puerta "1937", recuerdan silenciosamente la fecha de la caída de Nankín, el 13 de diciembre de 1937. En la oscura cámara del estudio, bañada en luz roja, las imágenes emergen lentamente de los productos químicos, como olas de sangre, una metáfora de la verdad que emerge de la oscuridad.

El director elige una contención deliberada. La violencia sexual, aunque central para la realidad histórica, se sugiere a través de las expresiones de sufrimiento de los supervivientes, en lugar de mostrarse directamente. Un plano borroso y distante insinúa la muerte de un bebé, y la implicación misma tiene más fuerza que una escena explícita.

Uno de los momentos más poderosos es cuando se despliega el telón de fondo del estudio, revelando vistas panorámicas de monumentos chinos. Los civiles atrapados, con los ojos llenos de lágrimas, gritan juntos: "No cederemos ni una pulgada de nuestra tierra".

Lugar de rodaje en Shanghái, en la China oriental, donde se filmó "Dead To Rights", el 1 de agosto de 2025. /CFP

En las escenas finales, la película yuxtapone imágenes actuales del resplandeciente horizonte de Nanjing con fotografías de archivo de la ciudad en ruinas. Esta conexión visual difumina la distancia entre el pasado y el presente, y recuerda a los espectadores que la memoria de las atrocidades no es algo encerrado en museos, sino una parte viva de la conciencia ciudadana.

Lo que algunos rechazan como "educación basada en el odio" es, en realidad, una afirmación de que la paz vale la pena defender, precisamente porque su ausencia fue tan devastadora. El patriotismo aquí no es una manifestación de superioridad, sino una promesa colectiva de no permitir que tal injusticia se repita, ya sea contra el propio pueblo o contra cualquier otro.

El patriotismo de la película tiene sus raíces en la empatía, en la comprensión de que recordar el propio sufrimiento profundiza la solidaridad con aquellos que sufren la opresión en otros lugares.

Para un público global, "Dead To Rights" tiene tres mensajes principales. En primer lugar, la crítica se dirige directamente al militarismo y a la ideología imperial, no a una nación o etnia específica. Al incluir personajes cuyas conciencias están atormentadas, incluso cuando están del lado del agresor, la película muestra que la humanidad persiste incluso en las situaciones más comprometidas.

En segundo lugar, la narrativa está firmemente basada en pruebas tangibles, como fotografías, testimonios de sobrevivientes y registros históricos verificables, lo que subraya que la memoria debe ser sólida para resistir la distorsión.

En tercer lugar, insta a los espectadores a la acción: a transformar la empatía en vigilancia, y a reconocer que proteger la verdad es, en sí misma, una forma de resistencia.

La fuerza de "Dead To Rights" reside en su capacidad para transformar una pequeña historia de supervivencia y documentación en una alegoría universal. En tiempos en que la verdad está amenazada, preservar la evidencia no es solo un acto de archivo, sino un acto de justicia. Las revelaciones rescatadas son más que artefactos históricos: son un baluarte contra la negación, un recordatorio de que los peores crímenes de la historia siguen siendo una advertencia urgente.

El efecto final de la película es invertir la lente hacia el público. No permite que los espectadores permanezcan como testigos pasivos. En cambio, plantea silenciosamente la pregunta: ¿Llegará el momento en que tendrán la claridad y el coraje para ver, recordar y hablar?

Esta pregunta trasciende las fronteras nacionales y los contextos históricos. En una época en que el revisionismo histórico se está convirtiendo en una herramienta política cada vez más utilizada, y en la que las atrocidades se minimizan o se distorsionan en servicio de agendas actuales, es un deber moral para cada uno ser testigo.

"Dead To Rights" no se trata de fomentar el odio. Se trata de la conexión inseparable entre la memoria y la justicia. Afirma que la paz no es un regalo que la historia nos ha dado de una vez por todas, sino una responsabilidad viva que cada generación debe asumir.

Cuando las últimas imágenes transitan de las pruebas en blanco y negro al resplandeciente horizonte de la moderna Nanjing, los espectadores quedan con una doble herencia: el dolor por lo que se ha perdido y la determinación de proteger lo que aún se puede preservar.

Esta es la fuerza de la memoria: no mantener la división, sino asegurar que la verdad perdure y que los crímenes del pasado nunca se repitan.

CMG