El primer lienzo de la Epopeya eslava de Alfons Mucha, titulado Entre la crueldad kurana y la espada gótica, es un oscuro prólogo a todo el ciclo monumental. Antes de que los eslavos se conviertan en una nación de orgulloso rostro espiritual, antes de que nazcan su fe, su cultura y su misión histórica, se alza ante nosotros una antigua imagen de sufrimiento, destrucción y milagrosa supervivencia. Aquí, Mucha no cuenta un mito de gloria, sino de dolor. Un momento en el que, al igual que nace el hombre, nace también una comunidad humana, no de la victoria, sino de los escombros, de una aldea saqueada, de las cenizas de una noche cósmica en la que una de las estrellas seguía siendo la chispa de vida de la que floreció la eslavitud.
El cuadro muestra una noche estrellada, tranquila, casi sagrada. Pero al fondo a la izquierda, las llamas parpadean, engullendo las viviendas de madera desde las que hace un momento sonaban risas, cantos y oraciones. Ahora sólo quedan terribles gritos, llamas de fuego y humo. Los nómadas del Este -turanios, sármatas- se abalanzan sobre la aldea eslava como lobos voraces, frenéticos y hambrientos. La destrucción es total. Los ancianos caen a punta de pistola, los jóvenes son llevados encadenados a la esclavitud. En Kherson, muy al sur, les espera un mercado de esclavos, donde serán vendidos por unas míseras monedas.
Y sin embargo, en medio de este paisaje calcinado, Alfons Mucha encuentra un momento de silencio. En la parte inferior del lienzo, dos personas se apiñan atemorizadas: un hombre y una mujer, los últimos testigos de la destrucción, los únicos supervivientes de la noche. Sus cuerpos se apiñan, pero sus miradas se dirigen hacia arriba. En sus ojos, el terror se mezcla con algo que aún no ha germinado: un germen de ira, pero también una tremenda voluntad de sobrevivir. Son los antepasados, el arquetipo de los eslavos: no victoriosos, pero inquebrantables. En ellos nace la voluntad y el espíritu de una nación que no perece, ni siquiera cuando es encadenada, traicionada y vendida.
De su sufrimiento surge un fantasma brumoso que se eleva a los cielos: un fantasma, una súplica, un sueño. Se materializa en la figura de un segador, un antiguo sacerdote eslavo que eleva sus manos a los dioses. No hay fanatismo en su gesto, sino un anhelo desesperado de justicia, de orden en un mundo donde reina la violencia. La parca es la voz de la fe humana en algo superior a la espada. Es el espíritu del eslavismo en su forma primigenia: no militancia, sino búsqueda de sentido, humildad ante un poder que el hombre mismo no comprende.
A la derecha de Zrec hay un joven vestido de rojo, símbolo de la guerra, el valor y, sobre todo, la necesidad de enfrentarse al mal, aunque el coste sea el más alto. A su izquierda, la muchacha vestida de blanco, símbolo de la paz, la pureza y el deseo de vivir. Ambos forman una tensión mutua que recorre toda la epopeya. Lucha y reconciliación, ira y compasión, espada y oración. Mucha nos dice claramente que la historia de los eslavos no trata sólo de la lucha con el enemigo, sino también de la lucha consigo mismos, con su propia capacidad de odio y perdón.
Esta imagen no es una mera escena histórica, sino una alegoría de la propia raza humana. Cada nación, cada civilización tiene su noche en la que un pueblo arde y en la que sólo quedan unos pocos supervivientes para llevar la chispa adelante. El primer lienzo de la Epopeya es, pues, una llamada y un llamamiento a nuestra memoria para recordar que nuestras raíces no nacen de la victoria, sino del sufrimiento que hemos sabido convertir en fuerza.
Aquí, Mucha habla el lenguaje de los símbolos, la luz y la sombra. Sus colores no son descriptivos, sino psicológicos. El frío de las estrellas contrasta con el rojo de las llamas, la oscuridad de la noche con el blanco de la esperanza. Todos estos tonos están unidos por el ritmo silencioso de la oración que impregna toda la composición. No es una plegaria a un dios, sino a la existencia misma: una súplica para que la vida tenga sentido incluso después de la destrucción.
„Entre la crueldad kurana y la espada gótica“ es, pues, no sólo una introducción a la épica eslava, sino también a la comprensión de la existencia humana. En ella, Mucha no glorifica el pasado, sino que advierte de que quienes olvidan sus raíces están condenados a revivir su sufrimiento. Así que miramos a la pareja acurrucada en el polvo y creemos que de su silencio surgirá algún día una canción, una canción de paz que se gana a pulso, pero que es tanto más verdadera.
Jan Vojtěch - gnews.cz